OPINIÓN | Faso Soap: el “predecesor olvidado” del Moxquirix en la lucha contra la malaria

Moctar Dembélé y Gérard Niyondiko, inventores del Faso Soap

Moctar Dembélé y Gérard Niyondiko, inventores del Faso Soap

Hace aproximadamente dos semanas, Europa, a través de la Agencia Europea de Medicamentos (AEM), anunció la aprobación de la primera vacuna contra la malaria: el Moxquirix. Pues, 135 años después de que Alphonse Laveran, en 1880, identificó, por primera vez, el causante de esta enfermedad, llega, por fin, el “primer” tratamiento preventivo eficaz. ¡Bravo…! ¿Verdad?
Aun que faltaba todavía la autorización de la Organización Mundial de la Salud (OMS) así como la aprobación de gobiernos de los países afectados por la malaria para, respectivamente, la puesta en el marcado farmacéutico y el uso efectivo del Moxquirix, la aprobación de la vacuna provocó una euforia generalizada. El anuncio fue rápidamente recogido por todos los medios de comunicación. Mientras las grandes potencias de la comunicación alababan los supuestos méritos del avance científico, el mundo entero se puso a especular sobre la importancia del fármaco de tratamiento preventivo en el futuro sanitario de las zonas más castigadas por las larvas del parasito, responsable de la enfermedad. Sin poner en duda el avance o bien la utilidad que supondría el Moxquirix en la lucha contra el paludismo, yo me pregunto si el momento preciso de su aprobación por la UUEE y todo el revuelo mediático que le acompañó fueron pura casualidad. 
Y, sin embargo, África se puso por delante
Lo curioso es que dos (2) largos años antes de este anuncio, concretamente en 2013, dos estudiantes del Instituto Internacional de Ingeniería de Agua y Medio Ambiente de Uagadugú (Burkina Faso) sacaron a la luz un producto también para luchar contra la malaria. El burkinés, Moctar Dembélé y el burundés, Gérard Niyondiko han desarrollado un jabón capaz de vencer al parasito con un doble efecto. El producto ayuda a mantener los mosquitos alejados del cuerpo humano y a matar a sus larvas, evitando a que la malaria se transmitiese. Durante varios meses, el “Faso Soap” o “Fasoap (es el nombre del jabón) fue probado sobre una muestra de la población de Uagadugú que respondió favorablemente al tratamiento.
Nuestras de Faso Soap
Muestras de Faso Soap
Presentaron el resultado de su investigación con motivo del concurso Global Social Venture Competition” (GSVC). Lo que permitió a los dos estudiantes convertirse en los primeros africanos negros en recibir la prestigiosa beca de 25.000 dólares. Una recompensa económica que, aseguraron, les ayudaría para profundizar sus investigaciones.
Para la población africana fuertemente afectada por la enfermedad, este revolucionario remedio contra la malaria representa una gran esperanza. Pero a la diferencia de la aprobación de la vacuna europea, aquí, no hubo ni bombo ni platillo para transmitir el anuncio.
Llama la atención – y a mí me sorprende, y mucho – que varios de los grandes medios de comunicación que, hoy, han dedicado considerables espacios al Moxquirix no se hayan preocupado por hablar del Faso Soap ni siquiera en sus espacios reservados a noticias segundarias. ¿Temor a la competencia? ¿Silencio de desprecio? ¿Lucha tácita por intereses? o bien ¿se trataría, tan solo, de un desconocimiento de la existencia del jabón farmacéutico?
Teniendo en cuenta las muchas ventajas que ofrece este jabón, lo cierto es que representa no solamente una verdadera competencia para otros productos como la propia vacuna Moxquirix, sino que supone una seria amenaza para los interese de las multinacionales farmacéuticas por lo menos, en África. En efecto, el jabón Faso Soap está hecho de hierba de limón, de karité y otros ingredientes que no han sido revelados. La facilidad de su uso que no requiere ningún cambio en los hábitos de los usuarios, su precio más que accesible para la población local (la unidad cuesta unos 46 céntimos de euro) añadido al hecho de que su uso no conlleva efectos secundarios en los pacientes (a diferencia de otros tratamientos) hacen que la “solución africana” a la malaria ya toma una ventaja muy sensible en el liderazgo de tratamientos tanto preventivos como curativos de la enfermedad.
Así mismo, si el propio GSVC decidió atribuir su premio a los 2 estudiantes africanos, es porque el Fasoap ha sido convincente y le ha inspirado al jurado, un grado de credibilidad bastante elevado.
Que su existencia reciba un tal grado de desprecio por parte del resto del mundo – organizaciones internacionales de salud y medios de comunicaión particularmente – no es otra cosa que negar una evidencia y faltar, además, a los científicos e investigadores del continente africano. Me parece absolutamente repugnante que hasta en este pleno siglo XXI, haya esa dualidad de criterio con la que miran a África. Es decir menospreciar nuestros escasos méritos y sobre valorar todo lo que lleva el sello de Occidente es una vergonzosa doble berra de medir que no puede seguir aplicándose contra los africanos. Ningunear, de esta manera, los esfuerzos de los negros no es buena estrategia para ayudar al continente a progresar en su desarrollo y menos aún para mantener buenas relaciones entre África y el resto del mundo. En definitiva, una cosa es obvia: Faso soap, el revolucionario “predecesor” del Moxquirix en la lucha contra la malaria queda olvidado por los más poderosos.
Por eso, lo que más importa, no es la censura mediática de Occidente ni la indiferencia estratégica ni la hostilidad internacional. Sino que los propios africanos tengan suficientemente confianza en ellos mismos para seguir avanzando sin prisa pero sin pausa.

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