Zimbabue | Matanza de león Cecil: hablemos alto y claro de la hipocresía de la sociedad en este caso

El león Cecil, abatido

El león Cecil, abatido

Érase una vez, un león grande, fuerte y, sobre todo, espectacularmente atractivo, en un gran bosque de un país muy muy lejano llamado Zimbabue. El león vivía tranquilo junto con otras bestias. Parece ser que tenía un nombre y que todos sabían de su existencia excepto, curiosamente, los propios habitantes de Zimbabue (tampoco lo sabía yo, he de reconocerlo). En efecto, los zimbabuenses no tenían como afición ni como manía, realizar visitas turísticas a los parques animales de su país. Pues, no tenían medios para ello. A penas tenían para comer dignamente y, a menudo, se morían de enfermedades que ya no son causas de muerte en muchas otras partes del planeta.
Al león se le llamaban Cecil. Cecil era, por lo tanto, el deleite de visitantes extranjeros. Todo iba a las mil maravillas entre Cecil y estos extranjeros curiosos hasta que, un día, uno de estos distinguidos forasteros decidió cambiar el curso de la historia. Él no veía ningún problema en fusilar un animal salvaje en un país pobre de un continente donde hasta las muertes humanas, sea cual sea la causa, son un tema intrascendente para el resto del mundo. Aquel forastero vicioso que llegó desde el país más poderoso de la tierra decidió, entonces, añadir a sus “trofeos de cacería”, la cabeza de este bello león africano.
Cecil fue abatido a tiros de escopeta y, de repente, las redes sociales empezaron a echar humo. Desde Los Ángeles a Kabul, pasando por Valladolid y Abuja, miles y miles de mensajes de desolación y de indignación fluyeron al ver derramarse su sangre. A ellos, se añadieron reacciones oficiales de Estados. Entonces, los zimbabuenses y muchas otras personas también supieron que existía un león en Zimbabue llamado Cecil; que se murió por la crueldad de un americano.
De la nada, nació un gran movimiento de “solidaridad internacional” para denunciar la impunidad con la que cazadores como el americano Walter James Palmer suelen actuar en África. Escuché a celebridades expresar con furor su indignación sin poder retener sus lágrimas por la muerte del león. Me enteré incluso de que cientos de miles de dólares fueron donados a organizaciones de investigación y ONGs de protección de animales salvajes para poner en marcha, un programa de sensibilización con el fin de que el “trágico” suceso no vuelva a ocurrir. Así mismo, no quedaba ni un solo canal de televisión, ni una radio, ni prensa escrita o digital que no hablara de la desgraciada matanza del felino. Cosa inusual que esta movilización poco común, o sea una empatía jamás vista hacia África cuando el continente sufre verdaderos dramas humanos.
En Estados Unidos (EE.UU) donde se multiplican los crímenes racistas contra la comunidad afroamericana, voces destacadas como la de Aaron Blaise (el animador de Disney) o la del famoso actor, Arnold Schwarzenegger, ponen todo su empeño en denunciar la muerte del animal cuando nunca antes, les habíamos visto condenar con tanta vehemencia y con el mismo compromiso, ni siquiera los asesinatos infames de sus compatriotas negros.
Pero en fin, ¿dónde está el problema si nadie se inmuta cuando se trata de afro descendientes abatidos como perros, sin previo aviso, en el mismísimo país de Obama? Sí, ¿qué problema hay, cuando, tratándose de africanos negros asesinados en cualquier lugar de la tierra como si fueran la escoria del mundo, nadie protesta? Pero claro, en este caso, se trata de salvaguardar la afición turística privilegiada de los más poderosos y los intereses de los más ricos para la perpetuación de la cultura de safari del que Cecil es la más perfecta materialización. Entonces sí, pasa algo grave.
Debo admitir que me quedé impresionado por el nivel de movilización, más bien, por la hipocresía sintomática de nuestra sociedad materializada en el caso de león Cecil. Todo esto, para un africano negro como yo, es, simplemente, surrealista. Alucino… y desde luego os voy a decir por qué.
¿Desde cuándo la desolación causada por las bombas mortales de Boko haram en Nigeria, Chad y Camerún, por ejemplo, había suscitado tanta empatía por parte del mundo entero? ¿Por qué no ha habido el mismo fervor popular en contra, por ejemplo, del drama migratorio que se produce frecuentemente, en altamar debido a las políticas migratorias repulsas de los gobiernos europeos? Es más: ¿por qué la impunidad con la que están saqueando el continente las multinacionales, llevándose los recursos de cualquier naturaleza, no recibe la misma reprobación por parte de la comunidad internacional? Obviamente, echo de menos a esa “solidaridad internacional o mundial” espontánea y casi activista cuando no uno, sino más de 35.000 niños que cada año, según la UNICEF, mueren de hambre y enfermedades en el mismo país de león Cecil.
Como puedan ver, yo no soy animalista; lo reconozco y no me preocupa en absoluto las críticas que me caerán encima por decir esto. Yo soy HUMANISTA convencido, por lo que me preocupa más el bien estar de las personas que el de los animales. Eso sí, no tengo nada en contra de los animales en general y del león Cecil en particular. Solamente no acabo de entender cómo la muerte de un animal salvaje, (cuanto atroz fuera esta muerte), pueda desatar tanta agitación en el mundo entero mientras crimines horribles contra seres humanos pasan a ser tratados con una frivolidad, desconcertante. Es cuanto menos chocante ver cómo, hoy en día, nuestra especie llega a sentir más empatía por un animal que por su semejante. Toda una deshumanización de la humanidad que debe ser preocupante y mucho.
Así va nuestra hermosa comunidad humana que sabe derramar lágrimas calientes a la muerte de un felino, pero que se queda sin voz y sin sentimiento ninguno cuando se trata de un ser humano cuya piel, al color de ébano (es decir demasiada oscura) no cumple con las “normas”. Insisto: es hermoso este mundo donde la muerte de un león provoca un diluvio de indignaciones mientras la de miles de personas no parece conmover a nadie.
Colorín colorado, este cuento se ha terminado.

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